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Conocé a Inazulina

Esto no es una catedral en ruinas, un cementerio o el altar de un ritual. Pero, un viernes en el que hacen 30 grados de temperatura, Carolina Bakos no pierde la línea mientras entra en un bar casi hippie del barrio de Floresta. Con make-up de sombra negra, calzas a tono y crucifijo de plata, Carolina intenta explicar la tapa de Fuerte dracónica, el segundo disco de Inazulina,su banda, protagonizada por seis brujos coronados por halos de luz. Carolina habla de "conjuradores de un rezo lumínico", de "colmillos atlantes que los recubren", de resolver "la polaridad de luz y oscuridad" y del alfabeto Malachim, "empleado para invocar arcángeles", dice. Su lectura del arte del disco está inspirada por todo lo que aprendió del ocultista francés Eliphas Lévi, uno de los brujos más prominentes del siglo XIX. Carolina, sin embargo, no es una bruja ella misma: "Leí las ceremonias, pero nunca las practiqué".

Todo este caos esotérico es apenas la punta del iceberg. La música de Inazulina es potente: un metal gótico dramático que oscila entre agresión y trances medievales, coronado por la voz operística de Carolina y los leads filosos de su guitarra B.C. Rich en tracks como "Seductive Pain" o "Sixtina: Flowers from the Sky". Y lo más sorprendente en todo esto es el productor de Fuerte dracónica, Gustavo "Chizzo" Nápoli, líder de La Renga y pareja de Carolina desde hace casi quince años.

Compañeros. No es la primera vez que Chizzo interviene en el estudio con Inazulina. Ya había trabajado en el disco anterior, Indestructible Sixstar. "Fue Gustavo mismo quien me impulsó a la música", dice Carolina. En 2005, ella compuso en un teclado una serie de valses oscuros y una pieza de metal más directo. Chizzo la escuchó y enseguida comenzó a incentivarla. Poco después, Inazulina empezaba a ensayar como trío.

Educación gótica. Carolina afirma: "Hace falta fortaleza para esto". No miente: en Buenos Aires, la escena dark siempre fue el underground absoluto. Los 90, con discotecas como Requiem o Pantheon y bandas como De la Orden de Elizabeth, fueron un poco más generosos. Así como Chizzo fue marcado por la devoción a Pappo's Blues y la mística de Mataderos, Carolina se crió entre José León Suárez y Villa Urquiza durante los 90. De padres húngaros, fue educada en colegios alemanes junto con su hermano Alexis (baterista de Los Kahunas) y, por la noche, se repartía entre dos puntos paradigmáticos: Halley y Lipsy ("antros de alto poder", dice ella). Ambas discos definieron una era: la primera, sobre Maipú y Corrientes, capturó el glam-metal porteño en su punto más alto. Lipsy, en Avenida de los Incas, fue el primer club dark de Capital Federal: "Era un sótano lleno de espejos, donde yo bailaba envuelta en telas y con un sobretodo. Sonaban The Mission, The Cure, Dead Can Dance", recuerda. Inazulina es la síntesis de esas dos partes: se debe tanto al masoquismo downtempo de Lacrimosa como al hard-rock teatral de WASP.

Circuito. Hoy, el género sobrevive en las fiestas Gothic BA y números como Luxuria. Pero más allá del vórtice gótico de Capital, Inazulina explora escenarios múltiples: tocó con clásicos del metal local como Vórax o Larry Zabala, y también en fiestas motoqueras del interior. "Buscar el multitarget no sólo es romper el prejuicio sino brindarnos", termina Carolina. "No es inaccesible para nadie. Nosotros logramos una cierta hipnosis."

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